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La música como meditación

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En su libro “Entre meditación y psicoterapia”, Claudio Naranjo ofrece un capítulo dedicado a la música como meditación.

No sólo puede una audición de música volverse meditación mediante un esfuerzo deliberado y  a través de una técnica especial; podemos decir también que la escucha óptima de la música YA es meditación, por cuanto implica dejar a un lado el “yo mundano” de uno, una intuición implícita de contenido espiritual en la música y cierta identificación con la misma.

El autor muestra algunos medios a través de los cuales podemos conscientemente experimentar con la escucha musical, a fin de actualizar sus posibilidades espirituales, sugiriendo una variedad de experiencias de audición. No significa esto que hayamos de usar la música como sustitutivo de la meditación silenciosa; la música ha sido considerada por algunos maestros espirituales como algo de lo que no se debe abusar ni darle prioridad en el entrenamiento de la mente. Según sus palabras, “la meditación con música debe considerarse como la sal y la pimienta de la meditación más que su pan y mantequilla”.

Una clase específica de meditación relacionada con la música es la que descansa en la equiparación del sonido con lo divino (en el sentido más amplio de la palabra). Según Claudio Naranjo, “conviene comenzar la exploración de la música como vehículo devocional, escuchando el sonido mismo más que las composiciones musicales”. Propone, como comienzo de exploración, este ejercicio: meditar en lo divino escuchando aguda y sutilmente el sonido de la profundidad de los propios oídos.

Quienes lleven a cabo este ejercicio probablemente estarán interesados en explorar otra práctica hindú que implica no sólo escucha sino también emisión de voz: cantar la sílaba om para evocar lo sagrado; cantándolo en el registro más grave posible (evocador del más amplio espacio) y de modo tal que se generen tantos armónicos como sea posible (evocadores de la densidad vivencial).

Cuando meditamos mediante el sonido en la escucha de la música propiamente dicha, considera que la mejor práctica recomendable para un occidental puede ser la de la escucha de la música hindú clásica, que se despliega en la presencia siempre permanente de la tónica (interpretada por el tambura, un correlato musical a la presencia de lo divino).

Avanzando un paso en el aprovechamiento del potencial más específico de la música, podemos trasladar ahora nuestra atención de la escucha de lo divino “en general” a la escucha de ciertos atributos espirituales reflejadas en composiciones específicas. Este aspecto de la música es bien conocido en la cultura hindú, donde cada raga tradicional (una secuencia de sonido que constituye la estructura melódica seminal de cualquier composición) tiene relación con cierto ángulo del sol sobre el horizonte y con un estado interno concreto. Sin embargo, nuestra propia herencia musical es rica en expresiones de la más alta conciencia. Lo que Bach representa en la historia musical del mundo no puede separarse de lo que representa en la historia de la expresión de lo sagrado.

Claudio Naranjo recomienda la utilización de la música occidental (tanto la música sacra como la profana) como medio para concentrarse en lo divino. Desde Bach (como intuición de la “música de las esferas” o “música del macrocosmos”), hacia Beethoven (relacionado con la encarnación y lo terrenal, la música de la experiencia humana) y llegando a Brahms (expresión del equilibrio, de la “madre universal” y del amor materno, síntesis perfecta entre el espíritu clásico y romántico).

Hemos tendido a considerar la música como “mera música” y a sus compositores como “meros músicos”, cuando el hecho es que la música es un puente en potencia entre un corazón que logró encontrarse a sí mismo y el corazón del oyente. Quizás la música no sería tan importante como ha demostrado serlo a lo largo de la historia humana, si no constituyera una especie de alimento espiritual y una oportunidad para estados mentales valiosos.

Autor: Laura Gascueña

Musicoterapeuta e integradora social

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